Una mujer primeriza tiene miedo…un médico primerizo también.

Años 80, recién licenciado. Interinidad de “nueve meses” que nos daban entonces a los médicos y después a laprimeriza bolsa del paro. Lugar asignado por el orden establecido: Servicio de Urgencias de un pueblo grande de la periferia de Madrid en turno de miércoles/sábado y domingos alternos.

En aquellos tiempos me recorrí prácticamente todos los Servicios de Urgencias de la Comunidad y analizando la demanda y conflictividad, he estado en sitios malos, muy malos y… este pueblo.
Guardia con mucho trabajo, como siempre, para dos médicos, un enfermero y un celador. Mi colega, recién estrenado, está atendiendo una urgencia a domicilio con su propio vehículo en un pueblo que apenas conoce,  y yo soy el único médico que permanece en el Centro.

La llegada de mi paciente:

-¿Se puede?
-Pase, por favor.
Señorita joven que pasa sola a la consulta con el cuerpo encogido,  las dos manos en la tripa y con cara de sufrimiento. Me dice que tiene un fuerte dolor abdominal, que le va y que le viene, de unas horas de evolución. Se tumba en la camilla y sin mediar protocolo de exploración me señala su zona genital. El corazón me da un vuelco porque tengo a mi paciente de parto. ¡Madre mía!… y mi madre tan tranquila. Lo que ocurrió desde ese momento hasta que tuve a una niña rosita y llorona en mis manos, es como de ciencia ficción. La paciente venía acompañada de un  familiar que desconocía su estado de gestación y creía que se trataba de un cólico renal. El pariente no daba crédito a lo que estaba pasando. Yo tampoco. No había ambulancia porque de la única que disponíamos estaba realizando un traslado. El enfermero, el “Tito”, un tío majo que se ponía de puntillas para mirar, como los banderilleros, iba y venía, sonriendo, nervioso, porque teníamos las otras dos consultas ocupadas por  pacientes que también requerían nuestra atención. El celador capeando el temporal como podía porque aquello se estaba llenando de pacientes y rara era la guardia donde no había algún problemilla de orden. Yo… a lo mío, recordando las prácticas de Ginecología

Hay una anécdota de aquellas prácticas de la que se cuenta que un alumno de cuarto curso, antes de entrar al paritorio, preguntó cómo debía comportarse y le contestaron que hiciera lo mismo que otro alumno que ya estaba dentro; al ver que el compañero estaba sentado en una silla con las manos sobre la cara y la cabeza agachada por un mareo que le había dado presenciando los primeros momentos del parto, cogió otra silla e hizo lo mismo.

y… rezando. Ahora ya no recuerdo si le decía: “Aprieta” o “quieta”. Primeriza y el parto evolucionó sin complicaciones. No salía de mi asombro. Hay que situarse en la escena porque tenía la sensación de que lo que yo había vivido era algo inédito; los demás vinimos por obraprimeriza y gracia del Espíritu Santo. Tuve una experiencia profesional como sacada de un cuento.

-¿Se puede?
-Un momento, por favor.
-Doctor, que mi niño no para de llorar.

Desde el Centro Médico Fuentespina os invitamos a conocer nuestro centro colaborador Materna Yoga, sobre todo si eres primeriza 😉

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